Textos

miércoles, 21 de junio de 2017

LOS PERSONAJES



                                             





Lo peor de escribir son las consecuencias.
Hay un momento en el que dejas tu cuerpo, tus manías, tus esguinces y los kilos de más, para convertirte en ese ser necesario para tirar de la historia que quieres contar. Y si se necesita ser cojo o que te duela el esternón, pues duele que no hay quién lo aguante. Te pueden disparar a boca jarro, y si lo has preparado bien, hasta puedes salir ileso del trance, incluso mantener la bala entre los dientes, y devolverla al agresor escupiendo hasta destrozarle la trompa de Eustaquio o las de Falopio, porque con imaginación todo acaba cayendo. Escribir lo es todo. Es olvidar el aporreo del piano de la estudiante del 4º, las palabras agrias de tu amiga, la sanción que te ha puesto Hacienda por no poner esto o aquello, ver sin inmutarte como se atasca el fregadero de tanto que te queda por fregar. Escribir es olvidar el mundo que te rodea para rodearte de otro más amable o, por lo menos, más manejable. No hay mayor poder que ese. El mundo tiene una dimensión mágica y es licito alargarla, transformarla, fantasearla para que nuestro paso por esta vida no sea tan aburrido.
Cuando me preguntaban qué quería ser de mayor siempre contestaba que muchas personas, cuantas más mejor. Quería meterme dentro de otros y comprender por ejemplo por qué le dolía menos a Magdalena la limpieza de boca que a mí, por qué Rosa siempre parecía ser experta en todo, por qué María nunca tenía hambre. En fin, que a lo largo de los años fui pensando que para poder experimentar lo humano, quizá lo mejor fuese ser actriz de teatro.
No fui capaz.
La primera vez que tuve que gritar dentro de un coro de voces la simple frase: “A las cinco de la tarde” casi me muero de la vergüenza. Pero cuando me tocó el turno de levantarme sola, vestida de negro, en medio de un circulo para decir con voz desgarrada “Ya viene la gangrena” y todos contestaron: “A las cinco de la tarde”. Me salió una erupción de vergüenza que me duró una semana. Sobre todo, cuando observé al director y a los actores más veteranos, reírse de las novatas. Ese día comprendí que nunca sería otra que la que soy, que permanecería encerrada entre mis cuatro paredes de pelo, carácter, fobias, miedos, altura, ojos y boca para siempre.
Por eso, cuando mucho más tarde, descubrí que sin que nadie se riera de mí, yo podría disfrazarme de otros seres. El mundo se ensanchó de golpe. Dejé de tener una edad, dejé de tener el pelo castaño, de vivir en mi casa y de tener tantos o cuantos años. Dejé de ser una boba o una buenaza, una borde o una vergonzosa, porque empezaron a nacer seres diferentes dentro de mí, nació una tatuada con una madre obsesiva, o una mujer a la que nadie escucha, o un hombre que solo se ve a sí mismo, o esa mujer que prefiere pensar que se ha trasladado a París de golpe, antes de reconocer que su marido la engaña.
Quizá solo creaba los personajes, los dejaba andar a solas, dando traspiés, hasta que se iban envalentonando, cogiendo fuerza, me contradecían, me plantaban cara, y salían por donde menos me podía imaginar.
Es la experiencia más extraordinaria que se puede tener.
Por eso, cuando olvidas el motivo por el que estás aquí, cuando antes de disfrutar, te dedicas a ver los huecos que tus amigos han dejado en las presentaciones de tus libros. Cuando escuchas el silencio de los tuyos ante un éxito. Cuando no ves más que lo negativo y olvidas a aquellos que sí te siguen, sí te animan, sí están a tu lado para rellenar esos huecos. Cuando has perdido la magia de la escritura y te has dejado llevar por el ego, te has perdido a ti y a todos tus personajes, esos que te enseñaron a vivir otras vidas, a sentir como otras gentes, a comprender mucho más el mundo que te rodea.

Con el ego fortalecido la magia se desmorona y se transforma en otra cosa, tan áspera y dolorosa, que obliga a los personajes a huir de tu cabeza, a emigrar de tu vida, y te quedas hueco, oscuro, encerrado entre tus cuatro paredes de pelo, carácter, fobias, miedos, altura, ojos y boca Y aparece la obsesión por las comparaciones, las malas reseñas, los desplantes que sustituyen y apagan los colores que brillaban en tu cabeza.

lunes, 12 de junio de 2017

CHOQUE DE GENERACIONES





Hoy he presenciado en el Tram, tranvía que une Alicante con El Campello, un auténtico choque, no de civilizaciones, pero sí de generaciones.  Y es que, si nos ponemos a chocar hay miles de motivos para liarnos a bofetadas. Aunque este no ha sido el caso, menos mal. Hay choques de edades, de creencias, de actitudes, de valores, de…, yo qué sé.  Para qué seguir si lo que quiero contar es el encuentro o charla entre dos hombres de alrededor de setenta años con un chico de unos veintipocos. El chico iba tatuado hasta las cejas y los hombres estaban dispuestos a desentrañar el misterio de los tatuajes hasta sus últimas consecuencias.
¿Y ese, qué significa? le preguntaba uno de los mayores al chico, al cual, por su aspecto, yo me hubiera abstenido. Sin embargo, era educado, comprensivo y con una paciencia de santo. Los tatuajes, el pelo rapado, la cresta de pandillero y la camiseta sin mangas para liarse a bofetadas con el primero que le empujara, no manifestaban su auténtica personalidad de buenazo.
“Este tatuaje del que me habla”, ha contestado el chico, “es el símbolo de los lobos de los mercenarios”. Los mayores han repetido la contestación varias veces, como si por mucho decirlo les llegara la justificación que buscaban. “¿Y este?” “Bueno, es que está escrito en inglés y significa que el águila real, reconoce a otra águila real en cuanto la ve”. Silencio durante unos minutos. La filosofía del chaval lo merecía. “Ah, vaya”. “¿Y ese que le cae por la pierna?” “Son dos halcones enfrentados”. “Toma ya”. “Y cuando tengas, pongo por caso, setenta años, ¿las seguirás llevando?” “Pues si tengo la suerte de llegar a esa edad supongo que sí”. “¿Estas seguro de que para entonces serán importante para ti los lobos de los mercenarios, los halcones guerreros o las águilas reales?” El chico calla durante unos segundos, y uno de los hombres le pide disculpas. “Bueno, supongo que cada uno hace con su cuerpo y su vida lo que se le antoje”.  No he podido escuchar la respuesta del chico porque no estaba demasiado cerca, pero sé con toda seguridad que ha mencionado a Oscar Wilde. Y en cuanto ha llegado la primera parada ha salido corriendo. Se ha bajado conmigo y, si no llega a ser porque corría como un gamo, yo hubiese continuado con el interrogatorio. Me moría de curiosidad por conocer la cita de Oscar Wilde para casos como ese.
Y es que cada uno es cada uno, y el choque está a la vuelta de la esquina. Lo malo es querer comprenderlo todo o ser una curiosa irredimible.


sábado, 10 de junio de 2017

6 DE JUNIO DE 1944. CASUALIDAD O DESTINO










imagen: Valenti Ponsa


Cuando la editorial Narval convocó el concurso de ideas para la continuación de la segunda parte de “Gus y la casa voladora”, lo último que me esperaba era que una gran mayoría de niños se iban a decantar por la segunda guerra mundial, mira tú por dónde, pensé. Quizá se tratará de un nuevo juego de Nintendo o de la Play que los mantenía embobados, o que en el programa de enseñanza se incluía esa etapa de la historia. No sé, el caso es que me puse a ello, y ya que el bisabuelo Venancio, no solo se había jugado la casa a la petanca en la primera novela, sino que había perdido su pierna en el desembarco de Normandía, qué mejor hilo conductor que llevarlo acompañado de su numerosa familia a recuperarla. Tuve que estudiar sobre el desembarco porque, la verdad, sabía poco a pesar de haber leído sobre ello y haber visto la película “Salvad al soldado Ryan”. La ventaja de escribir es que antes te tienes que documentar bastante bien de los hechos que acontecieron, y ese periodo de la escritura resulta casi tan enriquecedor como volcar impresiones, sensaciones y sentimientos en el texto. Las patrañas que precedieron al desembarco de Normandía resultaron ser de lo más literarias; las casualidades dignas de estudio “estadística o esoterismo” (que cada cual juzgue); los mecanismos que llevaron a la victoria de los aliados, tan frágiles como interesantes, merecen un aparte que no voy a hacer. Pero el personaje que más me fascinó fue el de Alan Turing y su forma de descifrar el Código Enigma por el que se comunicaban los alemanes. Conocí lo que es un algoritmo, aunque así, a bote pronto, no sepa explicarlo de forma sencilla. Cómo ese hombre desentrañó las claves alemanas y cómo se tuvieron que dosificar las informaciones recibidas para evitar que el enemigo se diese cuenta de que los aliados habían descifrado el código secreto que los mantenía comunicados. Problemas morales de consecuencias terribles. “Este barco va a ser destruido, pero debemos dejar que lo destruyan para evitar que se den cuenta de que lo sabemos, pero este otro lo salvaremos, como si fuera una casualidad”. Qué difícil encontrar la línea entre dos objetivos: salvar, dejar morir. Quién puede juzgar una vez ocurridos los hechos y conocidas las consecuencias, si se hizo bien o mal dejando morir a habitantes de un determinado pueblo para salvar miles de vidas. No explico en la novela juvenil los entresijos complicados de aquellos momentos tan decisivos para la historia de Europa o quizá del mundo, pero desde entonces no dejo de leer todo lo que cae en mi mano sobre el tema. Quiero visitar la costa de Normandía, conocer el paso de Calais, Ruan, Mont San Michel, Sword, Juno, Utha… Ver los lugares por los que se mueven mis personajes, tratando de recuperar la pierna del bisa joven. Quiero imaginar cómo los aliados lograron engañar a una tropa tan números y bien pertrechada. No fue fácil, ya lo sé, pero desembarcaron en la costa francesa, desestabilizaron al enemigo y lograron la victoria. ¿Hombres grandes, que dieron su vida por la de otros? Quizá sí, pero…, ¿que hicieron con Allan Turing? Lo condenaron por homosexual y lo llevaron al suicidio. Se envenenó con una manzana impregnada de cianuro una vez que lo habían castrado. Esa manzana que Appel utilizó en su honor como símbolo de su marca. Fue el padre de la informática, salvó a miles de seres humanos y, sin embargo, fue condenado por su tendencia sexual. La fina línea entre el bien y el mal, entre la razón y la sinrazón. Gracias niños, por conducirme de la mano hasta Normandía el día D, y como consecuencia de ello, poder hacerme esta pregunta sobre el ser humanos, ese ángel, a veces demonio, que nos habita y nos descentra.

sábado, 27 de mayo de 2017

LA FUERZA DE LA DETERMINACIÓN

                                   



El viernes pite al coche que tenía delante, ya que no avanzaba a pesar de haberse puesto el semáforo en verde. Fue un pitidito discreto “un que ya puede...” De pronto el energúmeno se ofendió de tal forma que comenzó a perseguirme, a frenar, a cruzarse en mi camino. Todos los coches le pitaban, pero el susceptible conductor iba a muerte contra mí. Al conseguir adelantar, vi de reojo que era un tío de negro acompañado de otro de blanco. Me metí en el estacionamiento de mi casa y no me atreví a salir por si el de blanco o el de negro me atacaban. Por fin, al no ver  a nadie, salí del coche y me metí en la portería. Había llamado al ascensor, cuando observé tras los cristales que ambos intentaban entrar. No tengo ni idea de cómo lo consiguieron, pero lo cierto es que no estaba dispuesta a encerrarme con semejante compañía en un recinto tan reducido. Mi vecina, una mujer con muletas debido a una esclerosis múltiple, me llamaba desde un banco de la entrada. Me senté junto a ella, no es que quisiera implicarla, pero no quería entrar en el ascensor y era una buena forma de disimular. Trataba de pedir auxilio en plan subrepticio. El de negro andaba tambaleante y el de blanco trataba de llevárselo agarrado a su cuello. Él de negro me miró sabuesamente y se dirigió hacia la puerta del jardín. Desde allí continuaba vigilándome. “Vámonos, anda” le decía el de blanco, mientras aquel daba traspiés con su actitud chulesca, y hablaba con dificultad beoda. Hacía como si quisiera abrir la puerta con una llave.
“¿Qué les pasa a esos?, si esa puerta no necesita llave”, me preguntó la vecina completamente ajena a la situación. Yo le hacía gestos para avisarla del peligro que corríamos, mientras el de blanco empujaba al de negro que la había tomado conmigo. “¿Qué mira?”, me preguntó de pronto. “Estamos en el edificio haciendo una obra, ¿pasa algo?.” A mí se me aflojaron las piernas, mientras la vecina, se afanaba en explicarles que esa puerta no necesitaba llave. Le dije en voz baja que me perseguían a mí, pero ella no me oía bien y no hacía más que preguntarme qué le estaba diciendo a voz en grito. El de negro se encaró conmigo, y en un momento dado vi crecer a la vecina. “¿Qué pasa aquí?”, gritó con una muleta en alto. Le amenazó y me ofreció la otra para que pudiera defenderme. Absolutamente sorprendidos por la fuerza de su determinación se dirigieron a la puerta no sin dejar de proferir amenazas. Ella, blandiendo sus muletas como si fuese el guerrero del antifaz, intentaba incorporarse para amedrentarles. Mientras la que se quedó sin fuerza en todo el cuerpo fui yo. Logró levantarse, dar unos pasos dificultosos hacia los intrusos, y conseguir que salieran corriendo como si de cucarachas se tratara.
Una vez  a solas, me contó, como si no hubiese pasado nada, que esperaba a su hija para que la llevara a valorar su grado de minusvalía, que lo necesitaba para la declaración de la renta y la pensión, pero que se la negaban año tras otro. Me alegré de que los de la inspección no la hubiesen visto vejando a bravucones borrachos.

Todavía no he logrado entender la fuerza que es capaz de sacar el ser humano cuando se sabe indefenso, y el poder de la determinación.