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sábado, 26 de agosto de 2017

LA REUNIÓN DE LA COMUNIDAD

                                  





Ayer tuve que acudir a una reunión de la comunidad.
Hace años que no voy a semejantes guirigáis, porque siempre acaba alguno herido de pensamiento, palabra, obra u omisión. Pero está vez se trataba de los ascensores de mi vivienda, esos que pusieron y pagamos hace tres años y todavía están a medias. Solo funciona de miedo la pequeña pantalla de televisión que han instalado para acompañarte en el trayecto. Una pantalla que te anuncia, por ejemplo, que a los soldados romanos se les pagaba con sal, y de ahí viene el termino “salario”, la finalización de la primera guerra mundial o la muerte de Petrarca, con el consabido desasosiego que esas informaciones producen cuando vas a la playa con sombrilla, gafas de bucear y sillitas. No digo que cualquier información no sea interesantísima, y que gracias al ascensor nunca me acuesto sin saber algo nuevo, pero si esa pantalla ladeada hacia abajo, evita que metas una silla de ruedas, un colchón, la sombrilla o la entrada de un obeso, pues, la verdad, no me importa acostarme iletrada.
El caso es que tuve que bajar a la reunión porque vivo en el piso 24 de una torre construida sobre otra, que tiene 10 pisos más sobre el nivel del mar, y no es cuestión de quedarme atrapada por dejadez e inquina a ese tipo de reuniones.
Acude gente exhaustiva, monótona, gritona y pesada. Es como si hablaran todos aquellos a los que no les dejan hablar durante el año, y se desfogan en una verborrea incontenible y sin dirección. Me han dicho que es una enfermedad muy grave que se da mucho y que tiene un nombre. No sé cuál, luego lo busco.
Todo comenzó con la exposición que nos dieron los técnicos de la empresa de ascensores, a los que se les había pasado por alto que iban a resultar más estrechos de lo pactado y que solo alcanzaríamos a subir en fila india y a oscuras. Después de miles de correos y reuniones con la junta, decidieron ampliarlos e iluminarlos sin coste para los inquilinos, tanto si aceptábamos una cabina central más grande con mucha obra u otra más chica (pero poco), y menos obras. En principio la pregunta estaba clara para votar: ¿Llega al ático el montacargas o el ascensor central? No veía yo mucha discusión al respecto. Pues no fue así: un vecino hizo una larga exposición de los antiguos ascensores, la belleza de sus botones, el encanto de sus traqueteos, el esfuerzo hasta llegar a la playa, tan cumplidores ellos y tan adustos. Otro dijo que el arquitecto de nuestro edificio de “illo tempore” era el mejor, y que él nunca se pudo equivocar con las medidas. Le explicaron que las normas han cambiado y que “el mejor” falleció en su momento, y luego nacieron otros, y se publicaron nuevas normas de mantenimiento, y apareció el mundo digital que dio paso a nuevas tecnologías… En fin, que ya estábamos en el siglo XXI y nadie podía evitarlo. Otro se levantó y dijo que estuviéramos en el siglo XXI o en el Medioevo, no pensaba pagar un duro más, a lo que le contestaron que ya habían dicho que no iba a haber mayor coste. Una señora sorda, se puso a chillar que no pagaba y sanseacabó.
 La reunión comenzó a las seis de la tarde y a las nueve y media de la noche todavía discutíamos sobre el arquitecto inicial, los principios del movimiento Naciones y las restantes leyes Fundamentales. Los representantes de la empresa de ascensores bebían agua y volvían a beber. Algunos vecinos se peleaban ente ellos por colgar las toallas en la fachada, otros pedían diez llaves del portal para su numerosa familia. Decidí echar un sueñecito, y cuando desperté se hablaba de entregar las llaves digitales de la vivienda con un chip como el de los perros, con nuestro ADN o DNI, que no me acuerdo, para que solo pudiesen entrar los propietarios y consanguíneos. Me volví a dormir soñando con que me hacían una prueba de paternidad para lo de la llave y resultaba ser hija de Luis Fonsi. La reunión no terminó, solo que me levanté y dije que yo votaba al ascensor grande. Todos me miraron con sorpresa porque habían olvidado el orden del día. Y comenzaron de nuevo a alabar al arquitecto de los años cincuenta. Los más mayores del lugar, se hicieron fuertes, acabaron siendo partido bisagra, se han hecho con el poder, como los de la CUP, y ahora me parece que tiene que volver a poner los viejos ascensores y pegarlos con tiritas, supongo que esa decisión será buena para el calentamiento global, pero yo me hice un selfie, más que todo para recordar que no debo acudir nunca más a esas reuniones.


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